En un triste cuartito de un espantoso hospital público, me siento en penumbras mientras le tomo la mano. Cuando llueve por dentro aprovecho a sacar palabras que hace rato no afloran, sólo en momentos de lujuria o de extrema tristeza, como ahora.
¿Quien dijo que morir joven es una tragedia? ¿Acaso marchitarse lentamente es el maravilloso plan de un dios benevolente? ¿O de un sádico payaso con delirios de grandeza? Gracias por regalarme la impotencia y la conciencia. Gracias por darme esta daga constante, gracias por tu lentitud y la agonía. La vida no debería terminar como si uno estuviera en un pozo nauseabundo, sino en la cima de una montaña, en un mar transparente con una luna magnífica reflejada en él, en una sonrisa, con una sonrisa, un poema, una prosa, una abrazo, un te quiero, un te amo. ¿A quién se le ocurre, payaso? ¿¿¿A quién???
Mientras tanto, acompaño su respirar lento con mi conciencia atontada, algo adormecida, como ella que no tiene el derecho de despedirse entre chistes, o bajo el sol, o en su bar preferido con un tostado y un cafecito con edulcorantes, sin necesidad, porque su contacto ya lo endulzaba.
Mi descargo es un insulto al cielo, a esta burla de finales sin sentido.
La pandemia me privó de tantos besos y ahora me pongo a pensar si tuvo sentido... el privarse... o el ahora pensar, quizás para no sentir, ante tanta lluvia, ante tanta penumbra y dolor.
Que estúpido bálsamo es contentarse con no sufrir. Qué estúpido consuelo buscar desahogo cuando sólo hay vacío. La ley de la vida... un chiste. Sólo para entendidos.
Eso fue entonces, mientras esperábamos juntos a la muerte, mientras moríamos juntos.
Hoy, con el dolor aún presente, con el vacío anclado en el alma, sólo queda silencio. Y algo destrozado para siempre.
No se fue una médica brillante. No se fue una política revolucionaria. Se fue mi viejita, la que me cuidó estando roto, la que veía en un tipo mediocre a un campeón. La única e irremplazable, que se ocupaba de llamarme de noche para saber cómo estaba, o sólo para escuchar mi voz. Se fue la mujer que me dio puro amor, sin pedir nada a cambio, sólo besos, chocolates y, de vez en cuando, una flor.
