sábado, 9 de noviembre de 2024

Noches solitarias

 

                                   “La verdadera soledad no es estar solo en una habitación,
                                     sino sentirse solo en una multitud».
                                    (Antoine de Saint-Exupéry)

 


 

La soledad a veces se elige. A veces se adquiere. Por circunstancias que no siempre podemos manejar. Por una suma de decisiones y/o acciones correctas o incorrectas. No importa, si total son huellas del pasado, y ya nada de ello puede remendarse, sólo aceptarse y continuar.

Pero también se extraña…

…Los ruidos, entre tanto silencio que ahoga. Entre tanto tiempo que transcurre sin corcheas ni bemoles.

…Los abrazos,  ausentes e incorpóreos, fantasmales, que yacen en el  recuerdo de quienes ya no están más.

…Una caricia sin querer, un roce infantil y erótico a la vez.

…Y esas muecas tan raras e indescifrables que llamaban sonrisas, en épocas de juventud e ilusiones.

Pero mejor no pensar. Golpearse la cabeza y no pensar, no pensar.  Para evitar racionalizar todo, (maldita mente que no se calla). Pensar que siempre estuvimos solos. Que los lazos familiares o las amistades son etéreas. Que absolutamente todo depende de los caminos elegidos, o los que hagamos si no existen.  ¡Cuánto miedo! Todo depende de nosotros.

Y entonces uno se petrifica, y no avanza. Por miedo. Al error, a volverse a equivocar. Otra vez. Una vez más. Y así en un bucle eterno.

Entonces, la inacción, estarse quieto, no respirar, cerrar los ojos, acurrucarse en un rincón oscuro, sin que nadie ni nada lo detecte. Pero acompañados. Con algo, que atenaza y castiga  y protege y  marea y confunde. Algo así como la soledad.  Un coliseo donde no seremos juzgados pero tampoco admirados, ni queridos, ni odiados.  La nada misma.

Como una muerte lenta que va escribiendo un epitafio gótico en un idioma que ya no existe, o que nunca existió. Quizás incluso no tenga ningún tipo de significado, y sean sólo vocales y consonantes sin sentido, o  dibujos al azar. Igual a una lápida en blanco que no será leída por nadie porque simplemente, no hay nadie interesado en lo que pueda señalar.

 

lunes, 5 de agosto de 2024

Sigue resistiendo (autobiográfico)

 


Duele. No aflojes. Sigue resistiendo. Miles de imágenes bailan, brillan e interrumpen mi concentración en pleno partido. Me proyecto ganador. Pero la batalla es abrumadora.
Al lado, mi compañero de padel se reprocha una pelota perdida, un error no forzado, mientras yo atenazo entre mis manos el cuádricep quejoso.
Duele, no aflojes. Un salto más, una corrida interminable, entre rengueo y sudor.
Un smash potente sacude mi modorra mental. La paleta tirita en mi mano.
Fuerte. Sujetala fuerte, carajo. Pero mi mano tiembla.
Otro saque, una pelota corta. Y mi alma al pavimento para pegarle. Dejo piel, sangre en el piso y llego a conectar una diagonal formidable. Un grito de hambre y furia sacude los alambrados. Me miro la palma de la mano y tres hilos finos de sangre la recorren. Quirología turbia.
Intento silenciar las voces que me lastiman diciendo: “no podrá hacer deportes” y de repente se cruza un “no dejes que me enamore de ti”, esos ojos dulces, preciosos...
Me confundo, y pierdo otra pelota. No te distraigas. Aférrate al triunfo. Sólo ese importa.
“Es gracioso como se mueve”, “es gracioso como te mueves”. 
Me escondo entonces a las miradas y pego rabioso una volea torpe. "Así no", me exijo. Me obligo a la perfección. "Nadie se acuerda de los segundos", castigo a mi cerebro. "No importa si no llegas a la cima, disfruta el viaje” dice entonces una voz. “Es tuya” me grita mi compañero mientras me obligo a una carrera imposible para devolver la pelota. No llego. Era mía. Era mía. Pero la perdí.
Entonces tiemblo de nuevo por dentro, mientras me muestro entero. Ellos son mejores. “No lo demuestres”. Me duele. Sigue resistiendo.  Qué cobarde, tengo miedo. “Por lo contrario, no tener miedo es ser inconsciente.  Tener miedo y enfrentarlo, es valentía.”. Otra vez la voz que se pierde, como la pelota, como ella.
Todo mal, nada bien, que es lo mismo. Un animal, iracundo, acorralado. Le vuelvo a errar. A la pelota. A las decisiones. No te rindas. No dejes que se acerque, ni que se aleje. ¿?
¿Qué? ¿Qué digo?
Duele. Duele el músculo. Duelen los pensamientos. Nunca terminan de nacer.  Me arrodillo en pleno partido, pero no termino de caer. Y miro al cielo amenazante. Y grito: “Golpea fuerte Dios con tu martillo, sólo que no hay barro que moldear, sino roca y granito y prótesis de titanio”. Golpeo el pecho. "Y si tú no estás, seguramente el tridente del maldito intentará pinchar mis entrañas, y lastimarme aún más que tu ausencia... tú de nuevo en mi cabeza, tú... vos..." ¿Para que me tocas y acaricias y me dejas borracho con tu olor a pétalo? Y me regalas encima tus ojos miel y tu cuerpo y sudor. ¿Para qué? ¿No te das cuenta que no hay nada que me quite el embrujo o estás acostumbrada a esas almas que vagan y se divierten con sentimientos vacíos?  ¿No te das cuenta que duele y me cierra y además no me permite creer en otras flores y colores?

Fabulosa.
Enamorada, no de mí.
Radiante.

Tuviste mi cuerpo. Mis caricias que a nadie di porque están enterradas y no saben renacer. Mi dulzura perdida en tanto grito y dolor. Me vacié. Y te dejé. Y te perdí.
“Hay una luz en algún lugar”. Si hay oscuridad, hay luz entonces.
Un smash. La pelota fogonea en su velocidad. Imposible tomarla. Quema. “Es tuya” grita mi compañero. “No, no llego. La perdí”, sollozo. Y bajo la cabeza. Y me río. Una mueca de rebeldía.
Duele. No aflojes. No te rindas.
El partido terminó. El resultado, una anécdota. Una derrota. Otra más.
Me río. Levanto la cabeza, miro a mis rivales y les grito:

"¿Jugamos la revancha?"

El chiste final

 


-Quiero llorar - le dije con una sonrisa falsa. Me miró extrañada del comentario, como se mira a un bicho raro antes de pisarlo con el pie o aplastarlo con un papel de diario. – Me siento ahogado, sin sentido –agregué.
-¿No tendrás ataques de pánico, vos?
-¿Y yo qué sé? No soy médico, boluda. Me siento mal, es lo único que sé.
-Siempre dando lástima, así con esa actitud no vas a ganar nada.
-Callate y abrazame.
-¿Por qué?
-¿Necesitás un motivo para abrazarme?
-Sí.
-¿Para hacer el amor necesitabas alguno?
-¿Y quién te hizo el amor a vos? –preguntó la turra muy segura de sí misma.
-¿Qué hicimos hace un rato? –hice un último intento.
-Cogimos, bebé. Madurá. –Y cambiando bruscamente de tema pidió: - Ayudame a buscar el corpiño que no lo encuentro.

Se vistió lentamente. La luz del velador hizo su silueta aún más sensual de lo que era, pero a la vez espectral, fantasmal. Como un ente que estaba, pero no estaba. “Me voy” me susurró y le contesté que saliera de casa solita, “la puerta está abierta” en realidad contesté. “¿Alguna vez estuviste?” pensé.

-Chau –me dio un beso en el cachete y me dejó acurrucado en la cama.

Me tapé la cara con la almohada y respiré lentamente. Sofocado abrí una de las ventanas del cuarto. La luz de la luna se coló y me pegó en el ojo izquierdo. El ojo derecho se encondió en la oscuridad. El aire seguía ausente a pesar de que una brisa corría por la noche. Empecé a pensar en su cuerpo, antes bajo mis manos. En sus caricias ausentes y sus besos vacíos. En su mirar sin mirarme y descubrirme. Y en mi corazón que intentaba galopar nuevamente después de tanto tiempo. Mi barba rozando contra su delicada piel. Las arrugas como ríos de sudor, frío por su lado, calor por el mío.

-Es mi cumpleaños –le había dicho.
-¿Cuántos cumplís?
-50 –dije orgulloso.
-¿Y los festejás solo?
-Sólo no. Estoy con vos.
-¿Y los festejás solo? –repitió aunque había escuchado mi respuesta.
-Callate y abrazame –le había dicho. No. Eso fue después. O antes. No recuerdo ya.

Puse la radio. AM. El locutor contó un buen chiste: Resulta que terminan de dar una comedia en el cine. Se van todos los espectadores menos uno que se queda todo estirado ocupando cuatro asientos, dos adelante y dos atrás. El acomodador se aproxima y le pregunta: “¿Estás cómodo? ¿Querés un cafecito o preferís pochoclos?”. Y el tipo con la lengua afuera le dice: “Callate tarado y llamá a una ambulancia que caí de la platea del segundo piso”.
El teléfono sonando tapó las risas de la radio y me permitió ignorar que seguía sin respirar. Mi primo del otro lado de la línea me saludó por el cumple, y aprovechó para pedirme unos cuantos pesos que necesitaba. “Te lo devuelvo, despreocupate” me dijo como si fuera un discurso distinto a los meses anteriores. “Pasá mañana” le escupí y corté.
El cuarto se oscureció cuando una nube gigante tapó la luna. Bajé el volumen de la radio y aproveché las sombras para esconderme del ruido ausente, ese teléfono que negaba los saludos de mis padres fallecidos el año pasado, y con ellos las últimas miradas sinceras de amor y ternura.

-¿No tenés chicos, Horacio? –me había dicho Ana Laura.
-Nunca. Siempre quise. En realidad les digo a todos que fue una decisión mía. Pero en realidad fue una jugarreta del destino, otra más. ¿Y vos tenés?
-Sí, yo tengo 3. Menos mal que no tuviste, estás más tranquilo. Te cagan la vida.
-Me hubiera gustado. Te juro. Pero no se lo digas a nadie.
-¿Y a quién le puede interesar?
-Callate y abrazame –le había dicho. No. Eso fue después. O antes. No recuerdo ya.

Shh. La música de la radio. Subí el volumen y el viejo tema de Sui Generis me derrumbó. “Un escenario vacío, un libro muerto de pena, un dibujo destruido y la caridad ajena”, poesía de la canción “Cuando ya me empiece a quedar solo” que Charly y Nito sellaban a fuego en la piel.

La luna volvió a descubrir el ojo izquierdo que atónito se quedó fijo en el techo. El calor. Las sábanas pegadas. La oscuridad. No. Falta de luz en realidad. A lo lejos escuché irónicamente los gritos, los aplausos y la canción de un feliz cumpleaños. Un soplo y las velitas que se apagan.

Abrazame. Tengo frío.
Pero hace calor.
Tengo miedo.
Aquí siempre estarás seguro.
Las sábanas me envuelven. Me esconden de las miradas. Me abrazan.

-Callate y abrazame –le había dicho. No. Eso fue después. O antes. No recuerdo ya.

Ahora miro la luna desde la ventana. De pie, en la ventana. Miro hacia el piso. Hacia tan abajo. Más de 20 metros. Callate y abrazame –le digo a la noche. Y también le pido: quiero llorar. Y salto. Hacia la libertad de la mente, hacia el no pensar ni recordar, hacia la caricia de la brisa que me la brinda sin que se la pida, sin que se la ruegue, sin condición de propina.
El árbol amortigua un poco la caída, pero el golpe sé que es mortal. No siento la piernas, ni los brazos, la sangre transforma la luna en carmesí. Se acerca un viejo con un bastón, no entiendo lo que me dice, pero creo que es algo así: “¿Estás cómodo? ¿Querés un cafecito o preferís pochoclos?”. Y le digo mientras escupo sangre “Callate tarado, y llamá a una ambulancia. ¿ No ves que acabo de saltar del séptimo piso?”. Y cuando quería llorar. Me río.
Qué tonto soy.
Me río.
Vaya momento estúpido para entender el chiste.

A 130

 


En la ruta se veía su cuerpo destrozado, partido a la mitad. Sus patas fracturadas, los ojos salidos, la sangre nauseabunda. La imaginación viaja y juega con la idea morbosa de pensar si habrá sido sólo un golpe mortal que acabó con su vida, o varios que profanaban su sobrevivir mientras se iba arrastrando despacio hacia un costado de la carretera, para finalmente dejar de respirar.
El velocímetro a 130 apenas deja una mancha roja en el espejo retrovisor. Nadie se detiene en la carrera loca por llegar... ¿Llegar a dónde? Sólo un perro tirado, muerto, destrozado. Sólo un animal.
Horas después, en pleno microcentro, sobre al asfalto caliente, una mujer sostiene a un bebé mugriento en sus brazos, también sucios. Una taza invita a depositar algunas monedas mientras la madre clama por ayuda y comida. Los transeúntes pisan el acelerador también a 130 y ensayan sus mejores miradas esquivas. Imposible enfocar los ojos ajenos. Sería como permitirse entender que aquello es real y que incluso se podría hacer algo para evitarlo. Nada más lejos de la realidad. Culpa del gobierno, del rico, de la policía que los deja a la vista en vez de esconderlos bajo la alfombra. Culpa del otro. Si sólo pudiera arrastrarse a un costado del camino... Acelerar rápido y que se transforme también en un manchón lejano. Olvido rápido y continuar en la carrera loca. Es la meta.
Se escuchan disparos, minutos después, días u horas, no importa. El disparo impacta en pleno pecho del hombre que cae fulminado al piso. La sangre. Acero carmesí en plena avenida. Los policías detienen el tráfico. Los curiosos se amontonan. Hay miedo, hay morbo, hay reacción. No pasa desapercibido el cadáver humano. A pocos les importa si ese tipo era un buen ser humano, o la peor escoria. ¿Qué importa si podía ser yo? Así la muerte levanta la mano y se hace presente sin aviso, casi risueña se muestra dichosa e intimidante. Feroz.  Se reclama justicia, ojo por ojo. Gritan violencia. El cuerpo yerto es retirado y los curiosos prosiguen su carrera sin final.
En la esquina, ajeno a tanto drama, un perro callejero espía la escena. Su carita arrugada y su caída de ojos desprende lástima. Los manifestantes de justicia se detienen para acariciarlo, algunos incluso le dan algo de comer. Una nenita le sonríe y le dice “qué lindo que es, pobrecito”. La mamá asiente. Pobrecito. Pobrecito.
Así las cosas. Un perro muerto es ignorado. Un baleado genera conmoción y placas en televisión. Un animal abandonado, misericordia. Y un necesitado, un ser humando, desdén, repulsa.
Así las cosas. Seguimos a 130. Dejamos manchas en el espejo retrovisor. Manos que claman asistencia. Seguimos pendientes de nuestras propias miserias, del reality en televisión, del partido impostergable, del amor que espera o del sexo aliviador. Los mismos ojos que esquivan a una madre necesitada, o a un lisiado vago, atorrante, que no quiere trabajar y se hace el vivo, un flor de pelotudo que se hace el piola viajando vagón tras vagón para afanarnos nuestro tiempo y nuestras monedas, que labure, vago de mierda... los mismos ojos que esquivan o la misma boca o mente que insulta, mirará a los ojos de los hijos para dar consejos de humanidad, o abrazará a una novia, un esposo, una amiga para dar consuelo. Los mismos ojos, el mismo espejo, la misma velocidad, la misma carrera.
Pobrecitos... Nosotros pobrecitos.

El abuelo y la jirafa


 


-Hijo.
-¿Qué pasa má?

-Nada, quería hablarte ¿molesto?
-No, pasá, estaba viendo la tele, ¿de qué querías hablar?
-¿Vos te acordás de...?
-¡Cerrá la puerta! Papá duerme.
-Bueno... ¿Vos te acordás de tu abuelo?
-¿Matías?
-Sí, el abuelo Matías. ¿Te acordás?
-Algo, ¿por qué?
-No sé, estaba pensando en la cama y me dije "¡qué injusto que Claudio no haya podido conocer más a su abuelo!" porque tenés que saber que él te quería mucho.
-Ya sé, má, me lo repetís siempre.
-Y no me voy a cansar de repetirlo, porque es verdad ¿sabes? El único tema para el abuelo eras vos, incluso cuando estaba enfermo descuidó toda su vida para seguir a tu lado y además... No, no importa, hay tanto que recordar.
-Yo lo único que recuerdo es cuando me llevaba al zoológico, ¡y la jirafa! ¡Qué asco me daba cuando sacaba la lengua para comer una galletita!, ¡y encima me baboseaba toda la mano! Porque la jirafa, no sé mamá, pero es hermosa, tiene el cuello tan grande que tenés que inclinar toda la cabeza para poder verla. Y a pesar de la lengua, es super linda.
-Sí, es verdad, pero el abuelo también te enseñó a pintar. Te sentaba sobre sus rodillas y te movía la mano, y vos eras tan inocente que creías que el dibujo realmente era tuyo.
-Y era mío, ¿o te pensás que el abuelo movía siempre mi mano? ¿Sabés que dibujé primero?
-¿Qué?
-Una jirafa. Una jirafa con el cuello enorme, repleto de manchitas y con tres patas, porque como miraba siempre su cabeza nunca supe cuántas patas tenía.
-¿Y qué más recordás?
-¿De la jirafa?
-¡No!... Del abuelo.
-¡Ahh!, no mucho... También me leía cuentos.
-Sí, sí, te acordás. ¡Qué emoción! Contá, contá, ¿qué te leía? ¿Te acordás de la fábula del lobo y las ovejas? ¿O de Pinocho? ¿O de...?
-Me acuerdo de la jirafa.
-¿De qué?
-De la jirafa. Como la dibujé con tres patas, me leyó sobre la jirafa, de un diccionario, de ese grandote que está en el dormitorio de papá. Me dijo que...
-No me importa, la jirafa no tiene importancia.
-Sí que tiene, el diccionario hablaba de "la dimensión del cuello", lo que no puedo olvidar era la comparación que hacía con una escalera, ¡una gran escalera!, y por eso siempre pensé, pienso que...
-No tenés que explicar nada.
-Ya sé. Te quiero mostrar algo. Tomá.
-¿Qué es todo esto? ¿Para qué tantos papeles?
-Desplegalos.
-¿Están pegados?... ¿Y qué es esto? ¿Un dibujo?
-No. Es una jirafa.
-¿Y? ¿Qué tiene que ver esto con el abuelo?
-Mirá el cuello.
-¿Qué pasa con el cuello? No te entiendo, Claudio, ¿qué querés decirme?
-Que la jirafa y el cuello tienen una explicación, que el cuello, la escalera, es enorme, hasta el cielo, una escalera de manchitas... y el abuelo, ahí arriba, ¿no entendés, má?, ¿no entendés?
-Sí..., creo que ahora entiendo.
-Bueno, pero no llorés, lo que ahora necesito es más papel.

Estás maravillosa esta noche

 



Cuando el quinto relámpago iluminó el cielo, él se inclinó sobre sus piernas y las recorrió lentamente con su lengua, saboreando cada milímetro de su cuerpo.
Afuera llovía y cada gota, cada ruido, hacía el momento mucho más romántico y especial.
Como todas las noches, ella se dedicaba a escuchar las palabras de su enamorado: la única voz que se confundía con el caer de las gotas.

-Estás maravillosa esta noche. Radiante. Más que nunca.

Hizo una pausa. Alejó su cuerpo para admirarla en toda su inmensidad como mujer. Y Repitió: 

-Maravillosa. Realmente maravillosa.

Movió delicadamente sus manos para acariciar con ternura sus miembros inferiores y empezó a describirla mientras la amaba con cada uno de sus movimientos.

-El cuerpo de una mujer es algo complejo. Especial. Tu cuerpo es... es algo de otra orbe. Tus pies, tan chicos y delicados, como alas de mariposa, frágiles como pétalos de orquídea. Y a pesar de tanta fragilidad, fuertes, como el ruido de ese trueno que acaba de asustarnos, fuertes para sostener tus hermosas piernas de modelo, columnas de mi vida, de tu mundo, de mi mundo.

La lengua llegó hasta la cintura al mismo tiempo que las manos sin pudor alguno, comenzaron a atreverse a rozar la sexualidad de la mujer.
-"Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos" -dijo recitando a Neruda- "te pareces al mundo en tu actitud de entrega. Mi cuerpo de labriego salvaje te socava y hace saltar el hijo del fondo de la tierra."

Ella pidió más con la mirada. Sus manos no se detuvieron y subieron hasta los pechos. Apoyó tiernamente la mano en su corazón.

-Como Cupido, llegué hasta aquí. No para lastimarte, sino para envolver en mis manos tu alma entera. Tu corazón, lleno de secretos, un tambor que jadea pasión. La locura que dentro de él late es capaz de derribar al mayor de los edificios como de tocar una paloma y transformarla en flor.

Ella pareció querer decir algo, pero él se anticipó y la tapó la boca.

-Calla princesa. Calla. No me mires y sólo siente. Sienteme.

La penetró. Suave. Lento. Luego fue incrementando el frenesí ritmicamente.

-Tus brazos. Tan suaves. Tan finos. La prolongación de ese corazón. Los que me abrazan y me hablan. Me acarician y me protegen. 

Tomó su mano y llevó uno de los dedos a su boca. Lo besó. Lo chupeteó largamente.

-Tus manos. El sólo roce que me vuelve loco. Capaces de aprisionar como de liberar. De hacerme vibrar. Sos tan increíble. Sos tan hermosa.

Los dedos rozaron levemente el pezón. La delicadeza se transformó en arrebato violento cuando un relámpago iluminó la habitación.

-¿Me sentís, hermosa? ¿Me sentís?

Furia. Ímpetu. Rabia.

Tomó fuertemente sus manos y las llevó atrás de la cabeza. Las sujetó con una mano y con la otra tapó su boca. La violó. La rasguñó. Aunque ella hubiera logrado gritar no hubiera parado. La golpeó con cada una de sus embestidas terribles. Los truenos se hicieron más intensos. El ruido de la lluvia. Los gritos.

-¿Me sentís, puta? ¿Me sentís? Gritá, mierda. Gritá.

Pasó su lengua por detrás de la oreja, y la mordió con bronca. Al instante se dio cuenta del error: la muñeca comenzó a desinflarse lentamente.

La leyenda del sapo y la princesa

 “La luna se esconde detrás de un edificio, y ahora la oscuridad es total. A soñar. 
Recordame. Yo te recuerdo. Nunca te voy a olvidar.”   (De una carta lejana...)




En un mundo de sueños, hadas, canciones y dragones, existía una princesa. La "única" princesa aunque muchas portaran el título. Princesa por su cara angelical y su risa de luz propia, brillante, radiante. Princesa por sus ojos angelicales y pícaros a la vez.
Pero he aquí que en ese reino poblado de príncipes azules, la princesa no encontraba el suyo. Atenazada por el recuerdo del antiguo príncipe Maquiavelo, que la había dejado herida de ternura, aún no abría su corazón a ningún valiente que intentara conquistarla.
Un día, no hace mucho tiempo, y tampoco importa a los fines del relato, la princesa se encontró con un sapo. No un sapo cualquiera. Un sapo cantor. El anfibio (el bicho si hay niños leyendo la historia) saltó sobre la princesa, rozó su piel y le dijo: ¡CROAK!

Hosada (así se llamaba la princesa) acarició al anfibio (al bicho ese) y sonrió:

-Eres lindo y simpático. Lástima que no puedas hablar.
-Se ve que no viste muchas películas de Disney, ¿no? -le contestó el sapo y le guiñó un ojo.

Hosada no se asustó. Por el contrario, le gustó la situación e investigó aún más.

-¿Eres acaso un príncipe encantado al que tengo que besar?
-Sos re original vos.
-¿Eres o no eres?
-Ser o no ser. Esa es la cuestión.
-Tonto.
-Bonita.
-Contesta animal estúpido.
-Pues bien, si me tratas con tanto cariño, te contestaré princesa. No, no soy un príncipe azul (además... ¿no ves que soy verde?). Soy sólo un sapo, pero que ha estado enamorado de tí, desde que te vi por vez primera.

La princesa sonrió contenta.

-No eres mi primer sapo enamorado -le dijo- Tuve un sapito, más flaquito, que estaba loco por mí.
-Era yo, princesa Hosada.
-¿Tú? Imposible.
-Debes entender, princesa. A veces somos patéticos cuando nos enamoramos. Y mucho más patéticos cuando no somos correspondidos. No comemos por días. O, como en mi caso, nos bajamos 3 kilos de helado por semana.
-¿Los sapos comen helado?
-No viene al caso.
-¿Hay heladerías en este reino?
-Es un cuento, todo se vale. La cosa es que ya no soy ese flacucho que conociste.
-Pero tienes que entender que yo no salgo con sapos.
-¿Quién habló de salir? ¿No podemos sólo besarnos mientras yo salto? ¿No te resultaría divertido?
-Me haces reír.
-¿Algún príncipe acaso lo ha hecho?
-¿Reír? Algunos. Sí. Pero no saltando.
-¿Y alguno te ha tocado como yo?
-No, tu piel verde es distinta. Es cierto.
-Entonces... ¿Por qué no puedo ser tu príncipe?
-Porque eres un sapo. Simplemente por eso.

El sapo no insistió. Entendió que los besos se dan, se reciben, se merecen, pero no se piden. Tampoco el amor. Ese estúpido y utópico sentimiento que lastima. El amor nace sin demasiadas explicaciones. Sin lógica. Sin tiempos. Son sensaciones que vienen y van. Es música. Sí, el amor es música. Canciones. Y este era un reino de clave de sol, de bemoles y sostenidos, corcheas, fusas (y confusas), y por suerte, negras y blancas, ningún gris.

Y entonces el sapó peló la guitarra, se puso un sombrero Indiana Jones y cantó:

"¿Hace falta que te diga, que me muero por tener algo contigo? ¿Es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?

Entonces las mariposas volaron, el sol y la luna se unieron para escuchar, los pájaron hicieron coro, y el sapo siguió cantando:

"Sobre tu piel, puse mi caricia mejor, puse mi ilusión también"

Tres... No, cuatro arcorirs se asomaron en el horizonte.

"When a men loves a woman, down deep in his soul, she can bring him such misery if she plays him for a fool"

¿Qué? - preguntó la princesa ya romántica

-Subtítulos, por favor -reclamó el sapo políglota.

"Cuando un hombre (léase sapo) ama a una mujer hasta el fondo de su alma, ella puede traerle tal miseria si lo trata como un tonto".

-Ayyyyy -gritaron como locas las alondras mientras corozancitos rosas flotaban en el ambiente multicolor.

"Love of my life, you´ve hurt me, you´ve broken my hear and now you leave me, love of my live can´t you see, bring it back bring it back, don´t take it away form me, because you don´t know, waht it means to me"


-Algo en castellano, por favor -clamó la princesa al borde del llando, ya vencida de emoción.

"Dime que no, me tendrás pensando todo el día en tí, planeando una estrategia para un sí"

-Sííííí -gritó la princesa Hosada.
-¿Sí? -repitió el sapo para asegurarse.
-Sí -contestaron todos todos todos los animalitos del bosque mágico.

Y la princesa besó al sapo. Ni el sapo se transformó en príncipe ni la princesa en sapo. O sapa. O como se diga. Sólo se besaron y entendieron que iban a vivir como dicen lo cuentos cuando finalizan: felices para siempre. Algo así era.

O sea (moraleja):

Los finales felices existen....

                          ...Sólo en los mundos de sueños, hadas, canciones y dragones.

(Aunque hay algunos que aún conservan cierta magia, y se pueden transportar a ese mundo. ¿Vos tenés un pasaje para mí?... Los sueños, sueños son. Los sapos, sapos son. ¿O no te das cuenta que son verdes?).