domingo, 11 de junio de 2023

Mientras moríamos juntos

 

En un triste cuartito de un espantoso hospital público, me siento en penumbras mientras le tomo la mano. Cuando llueve por dentro aprovecho a sacar palabras que hace rato no afloran, sólo en momentos de lujuria o de extrema tristeza, como ahora.

¿Quien dijo que morir joven es una tragedia? ¿Acaso marchitarse lentamente es el maravilloso plan de un dios  benevolente? ¿O de un sádico payaso con delirios de grandeza?  Gracias por regalarme la impotencia y la conciencia. Gracias por darme esta daga constante, gracias por tu lentitud y la agonía.  La vida no debería terminar como si uno estuviera en un pozo nauseabundo, sino en la cima de una montaña, en un mar transparente con una luna magnífica reflejada en él, en una sonrisa, con una sonrisa, un poema, una prosa, una abrazo, un te quiero, un te amo.  ¿A quién se le ocurre, payaso? ¿¿¿A quién???

Mientras tanto, acompaño su respirar lento con mi conciencia atontada, algo adormecida, como ella que no tiene el derecho de despedirse entre chistes, o bajo el sol, o en su bar preferido con un tostado y un cafecito con edulcorantes, sin necesidad, porque  su  contacto ya lo endulzaba.

Mi descargo es un insulto al cielo, a esta burla de finales sin sentido.

La pandemia me privó de tantos besos y ahora me pongo a pensar si tuvo sentido... el privarse... o el ahora pensar, quizás para no sentir, ante tanta lluvia, ante tanta penumbra y dolor.

Que estúpido bálsamo es contentarse con no sufrir. Qué estúpido consuelo buscar desahogo cuando sólo hay vacío. La ley de la vida... un chiste. Sólo para entendidos.

Eso fue entonces, mientras esperábamos juntos a la muerte, mientras moríamos juntos.

Hoy, con el dolor aún presente, con el vacío anclado en el alma, sólo queda silencio. Y algo destrozado para siempre.  

No se fue una médica brillante. No se fue  una política revolucionaria. Se fue mi viejita, la que me cuidó estando roto, la que veía en un tipo mediocre a un campeón.  La única e irremplazable, que se ocupaba de llamarme de noche para saber cómo estaba, o sólo para escuchar mi voz. Se fue la mujer que me dio puro amor,  sin pedir nada a cambio, sólo besos, chocolates y, de vez en cuando, una flor.


lunes, 17 de abril de 2023

Monstruos en el vientre


 

Los gusanos eran viles. Molestos. Y constantes. Se nutrían de los amores perdidos y caricias lejanas. Se enroscaban como víboras en el vientre, lo retorcían, y lo hacían sufrir.
Claro, él los alimentaba casi sin saberlo. O quizás, con pleno conocimiento. Alejándose de cualquier cura, apenas usaba algunas cremas tratando de cuidar las picaduras urticantes que provocaban las larvas.
Entendió que la vida de esas criaturas estaban fusionadas a su mente y alma, vaya a saber porqué extraño fenómeno paranormal. Ya ni sabía si sólo estaban ubicadas en el estómago, también las sentía recorriendo sus brazos, piernas, pantorrillas, manos y, sobre todo, su cabeza..., casi a punto de explotar.
Entendía que el cuidado de aquellas lombrices estaba ligado a su miedo al fracaso, al amor, o al dolor. Y desarrolló su vida pendiente de ellas, sustentando su esperanza de vida con perfumes ajenos, besos casi roces, y sueños de perdedor.
Es duro alimentar tales alimañas, porque no es grato alejarse de algunos calores e incluso risas. Pero no siempre somos dueños de nuestros destinos, y así los bichos fueron creciendo y fortaleciendo un encierro casi mortal.
Finalmente no murieron, el hombre cumplió su cometido de mantenerlos con vida más allá de su propia existencia, que terminó alejada de todo, abandonada y perdida a en una pobre morgue de Capital Federal.
Tan tonto el hombre, tan estúpido que jamás supo lo que el forense descubrió al abrirlo. Que aquellas orugas eran ya mariposas, atrapadas pero que siempre buscaron volar.

A veces las palabras fallan (Soñarte antes de soñar)

 

Te puedo mirar a escondidas, acariciarte mil veces sin que te des cuenta en una foto, puedo también soñarte a medianoche, justo antes de dormir, justo antes de soñar, y aunque pueda escribir y fingirme poeta con tanta prosa a pesar de tanta pasión contenida, puedo quedarme en silencio a tu lado, o no llamarte, o no buscarte, y sólo anhelarte.

Porque las palabras a veces fallan, cuando se las necesitan, contrariamente a expresar lo obvio, lo que se siente, lo que quema e irrita, lo que corroe el alma.

Sólo silencio. Exánime. Inmóvil.

No culpo a los labios por no animarse, a besar o hablar. Culpo a los monstruos bajo la cama, cuyas garras se asoman pendientes a desgarrar el sueño, o la misma piel.

Porque es medianoche, justo antes de dormir, justo antes de soñarte. ¿Para qué hablar?

¿Para despertar a más monstruos?

Cerrar los ojos, amordazar a las bestias, y avizorar la luz en la oscuridad. Palpar la paz, seguir la melodía del corazón con los dedos de una mano, expresarme con gestos, una suave mueca en el labio, casi una sonrisa mínima, justa y necesaria.

Porque las palabras fallan, cuando se necesita una caricia, una mueca, porque los monstruos acechan. Porque es media noche.

Justo antes de dormir.

Justo antes de soñarte.

Shhhh, no hagas ruido.

No me hagas hablar.

No me hagas despertar.

Shhhh, no hagas ruido,

Callate,

y dejame soñar.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche

 

"Puedo escribir los versos más tristes esta noche."

No hay que ser un poeta consagrado para hacerlo.

Sólo hace falta sentirlo.

¿Qué es la tristeza si no es ausencia de amor?

Una caricia perdida, de una princesa ausente.

Un ladrido olvidado, de una mascota lejana.

Un paseo con una hija, o un abrazo con los padres.

Y cuando un vacío se compromete a llenar el todo,

sólo las palabras parecen ser lo suficientemente valientes

para brotar iracundas.

Pero las palabras no siempre son suficientes.

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche”.

Pero no quiero.

La noche está nublada. Los astros, escondidos.

No hay viento.

Un negro que duele asoma por la ventana.

Pugna por ser la oscuridad dominante,

Sabor a nada, como la canción,

Trae melancolía, y penumbras.

¿Cómo resurgir cuando tu alma está rasgada?

Sin aire, dame tu respirar.

Sin recibir, dame tu dar.

Arrancar todo lo que duela,

todo lo que pesa, y ya no es posible arrastrar.

No puedo amar, si ya no hay pasión interna

Un alma corrompida, y cansada, que vaga, que yace quieta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, y muchas noches más.

Aunque los versos, sin ser leídos, son versos vanos,

de palabras mudas, de alas destrozadas.

Entonces escribir no deja de ser un acto de rebeldía

Un atrevimiento absurdo

Y cuando bajo la cabeza, y entrecierro los ojos,

la noche se asoma, adivinando mi debilidad,

y me dice: ¿Te rindes?

“Puedo”, le contesto.

Pero no quiero.

Maldecido por poesía


 

La miré profundamente mientras la respiraba suave, lento, para sentirla parte mía. Y me confesé con ella al decirle:

 

- Entre tanta soledad, me siento maldecido por poesía.

 

Ella achinó lo ojos, hizo una mueca que mostraba su estupor y me contestó:

 

- ¿Por qué maldito de poesía?

- La poesía es creadora de expectativas oníricas, utópicas. Te distancia de la realidad y te mortifica en sueños.

- No sueñes. Aquí estoy. Tocame.

- Me confundes con un realista. Yo soy un soñador. No puedo tocarte, porque así te destruiría.

- ¿Entonces?

- Te voy a pintar en letras. Sólo así no serás un vuelo fugaz y serás eterna, infinita.

- Pero intangible.

- Una quimera, pura poesía. De esas que riman. De las más bellas. Las inmortales.

 

Y así, sin tocarla, la rocé.