"¿Jugamos la revancha?"
-Quiero llorar - le dije con una sonrisa falsa. Me miró extrañada del comentario, como se mira a un bicho raro antes de pisarlo con el pie o aplastarlo con un papel de diario. – Me siento ahogado, sin sentido –agregué.
-¿No tendrás ataques de pánico, vos?
-¿Y yo qué sé? No soy médico, boluda. Me siento mal, es lo único que sé.
-Siempre dando lástima, así con esa actitud no vas a ganar nada.
-Callate y abrazame.
-¿Por qué?
-¿Necesitás un motivo para abrazarme?
-Sí.
-¿Para hacer el amor necesitabas alguno?
-¿Y quién te hizo el amor a vos? –preguntó la turra muy segura de sí misma.
-¿Qué hicimos hace un rato? –hice un último intento.
-Cogimos, bebé. Madurá. –Y cambiando bruscamente de tema pidió: - Ayudame a buscar el corpiño que no lo encuentro.
Se vistió lentamente. La luz del velador hizo su silueta aún más sensual de lo que era, pero a la vez espectral, fantasmal. Como un ente que estaba, pero no estaba. “Me voy” me susurró y le contesté que saliera de casa solita, “la puerta está abierta” en realidad contesté. “¿Alguna vez estuviste?” pensé.
-Chau –me dio un beso en el cachete y me dejó acurrucado en la cama.
Me tapé la cara con la almohada y respiré lentamente. Sofocado abrí una de las ventanas del cuarto. La luz de la luna se coló y me pegó en el ojo izquierdo. El ojo derecho se encondió en la oscuridad. El aire seguía ausente a pesar de que una brisa corría por la noche. Empecé a pensar en su cuerpo, antes bajo mis manos. En sus caricias ausentes y sus besos vacíos. En su mirar sin mirarme y descubrirme. Y en mi corazón que intentaba galopar nuevamente después de tanto tiempo. Mi barba rozando contra su delicada piel. Las arrugas como ríos de sudor, frío por su lado, calor por el mío.
-Es mi cumpleaños –le había dicho.
-¿Cuántos cumplís?
-50 –dije orgulloso.
-¿Y los festejás solo?
-Sólo no. Estoy con vos.
-¿Y los festejás solo? –repitió aunque había escuchado mi respuesta.
-Callate y abrazame –le había dicho. No. Eso fue después. O antes. No recuerdo ya.
Puse la radio. AM. El locutor contó un buen chiste: Resulta que terminan de dar una comedia en el cine. Se van todos los espectadores menos uno que se queda todo estirado ocupando cuatro asientos, dos adelante y dos atrás. El acomodador se aproxima y le pregunta: “¿Estás cómodo? ¿Querés un cafecito o preferís pochoclos?”. Y el tipo con la lengua afuera le dice: “Callate tarado y llamá a una ambulancia que caí de la platea del segundo piso”.
El teléfono sonando tapó las risas de la radio y me permitió ignorar que seguía sin respirar. Mi primo del otro lado de la línea me saludó por el cumple, y aprovechó para pedirme unos cuantos pesos que necesitaba. “Te lo devuelvo, despreocupate” me dijo como si fuera un discurso distinto a los meses anteriores. “Pasá mañana” le escupí y corté.
El cuarto se oscureció cuando una nube gigante tapó la luna. Bajé el volumen de la radio y aproveché las sombras para esconderme del ruido ausente, ese teléfono que negaba los saludos de mis padres fallecidos el año pasado, y con ellos las últimas miradas sinceras de amor y ternura.
-¿No tenés chicos, Horacio? –me había dicho Ana Laura.
-Nunca. Siempre quise. En realidad les digo a todos que fue una decisión mía. Pero en realidad fue una jugarreta del destino, otra más. ¿Y vos tenés?
-Sí, yo tengo 3. Menos mal que no tuviste, estás más tranquilo. Te cagan la vida.
-Me hubiera gustado. Te juro. Pero no se lo digas a nadie.
-¿Y a quién le puede interesar?
-Callate y abrazame –le había dicho. No. Eso fue después. O antes. No recuerdo ya.
Shh. La música de la radio. Subí el volumen y el viejo tema de Sui Generis me derrumbó. “Un escenario vacío, un libro muerto de pena, un dibujo destruido y la caridad ajena”, poesía de la canción “Cuando ya me empiece a quedar solo” que Charly y Nito sellaban a fuego en la piel.
La luna volvió a descubrir el ojo izquierdo que atónito se quedó fijo en el techo. El calor. Las sábanas pegadas. La oscuridad. No. Falta de luz en realidad. A lo lejos escuché irónicamente los gritos, los aplausos y la canción de un feliz cumpleaños. Un soplo y las velitas que se apagan.
Abrazame. Tengo frío.
Pero hace calor.
Tengo miedo.
Aquí siempre estarás seguro.
Las sábanas me envuelven. Me esconden de las miradas. Me abrazan.
-Callate y abrazame –le había dicho. No. Eso fue después. O antes. No recuerdo ya.
Ahora miro la luna desde la ventana. De pie, en la ventana. Miro hacia el piso. Hacia tan abajo. Más de 20 metros. Callate y abrazame –le digo a la noche. Y también le pido: quiero llorar. Y salto. Hacia la libertad de la mente, hacia el no pensar ni recordar, hacia la caricia de la brisa que me la brinda sin que se la pida, sin que se la ruegue, sin condición de propina.
El árbol amortigua un poco la caída, pero el golpe sé que es mortal. No siento la piernas, ni los brazos, la sangre transforma la luna en carmesí. Se acerca un viejo con un bastón, no entiendo lo que me dice, pero creo que es algo así: “¿Estás cómodo? ¿Querés un cafecito o preferís pochoclos?”. Y le digo mientras escupo sangre “Callate tarado, y llamá a una ambulancia. ¿ No ves que acabo de saltar del séptimo piso?”. Y cuando quería llorar. Me río.
Qué tonto soy.
Me río.
Vaya momento estúpido para entender el chiste.
En la ruta se veía su cuerpo destrozado, partido a la mitad. Sus patas fracturadas, los ojos salidos, la sangre nauseabunda. La imaginación viaja y juega con la idea morbosa de pensar si habrá sido sólo un golpe mortal que acabó con su vida, o varios que profanaban su sobrevivir mientras se iba arrastrando despacio hacia un costado de la carretera, para finalmente dejar de respirar.
El velocímetro a 130 apenas deja una mancha roja en el espejo retrovisor. Nadie se detiene en la carrera loca por llegar... ¿Llegar a dónde? Sólo un perro tirado, muerto, destrozado. Sólo un animal.
Horas después, en pleno microcentro, sobre al asfalto caliente, una mujer sostiene a un bebé mugriento en sus brazos, también sucios. Una taza invita a depositar algunas monedas mientras la madre clama por ayuda y comida. Los transeúntes pisan el acelerador también a 130 y ensayan sus mejores miradas esquivas. Imposible enfocar los ojos ajenos. Sería como permitirse entender que aquello es real y que incluso se podría hacer algo para evitarlo. Nada más lejos de la realidad. Culpa del gobierno, del rico, de la policía que los deja a la vista en vez de esconderlos bajo la alfombra. Culpa del otro. Si sólo pudiera arrastrarse a un costado del camino... Acelerar rápido y que se transforme también en un manchón lejano. Olvido rápido y continuar en la carrera loca. Es la meta.
Se escuchan disparos, minutos después, días u horas, no importa. El disparo impacta en pleno pecho del hombre que cae fulminado al piso. La sangre. Acero carmesí en plena avenida. Los policías detienen el tráfico. Los curiosos se amontonan. Hay miedo, hay morbo, hay reacción. No pasa desapercibido el cadáver humano. A pocos les importa si ese tipo era un buen ser humano, o la peor escoria. ¿Qué importa si podía ser yo? Así la muerte levanta la mano y se hace presente sin aviso, casi risueña se muestra dichosa e intimidante. Feroz. Se reclama justicia, ojo por ojo. Gritan violencia. El cuerpo yerto es retirado y los curiosos prosiguen su carrera sin final.
En la esquina, ajeno a tanto drama, un perro callejero espía la escena. Su carita arrugada y su caída de ojos desprende lástima. Los manifestantes de justicia se detienen para acariciarlo, algunos incluso le dan algo de comer. Una nenita le sonríe y le dice “qué lindo que es, pobrecito”. La mamá asiente. Pobrecito. Pobrecito.
Así las cosas. Un perro muerto es ignorado. Un baleado genera conmoción y placas en televisión. Un animal abandonado, misericordia. Y un necesitado, un ser humando, desdén, repulsa.
Así las cosas. Seguimos a 130. Dejamos manchas en el espejo retrovisor. Manos que claman asistencia. Seguimos pendientes de nuestras propias miserias, del reality en televisión, del partido impostergable, del amor que espera o del sexo aliviador. Los mismos ojos que esquivan a una madre necesitada, o a un lisiado vago, atorrante, que no quiere trabajar y se hace el vivo, un flor de pelotudo que se hace el piola viajando vagón tras vagón para afanarnos nuestro tiempo y nuestras monedas, que labure, vago de mierda... los mismos ojos que esquivan o la misma boca o mente que insulta, mirará a los ojos de los hijos para dar consejos de humanidad, o abrazará a una novia, un esposo, una amiga para dar consuelo. Los mismos ojos, el mismo espejo, la misma velocidad, la misma carrera.
Pobrecitos... Nosotros pobrecitos.