martes, 18 de octubre de 2016

La muerte perfecta



El día que me muera no seré muy viejo, ni tampoco tan joven.
No habrá sol, porque será de noche. No habrá lluvia aunque estará algo húmedo. No importará la hora, pero será en el minuto cinco.
No será por rendición, sino con satisfacción. Con una sonrisa y un guiño al cielo. Con la espalda libre de peso, con la pierna libre de dolor.
Será otra rebeldía médica, será un escapismo al infierno. 

No estaré bajo techo, sino a la luz de la luna. Sobre el césped de alguna cancha de fútbol, con la camiseta de Racing puesta, una historieta de Batman a un costado, “la broma asesina.”, y algún libro de Isaac Asimov.
El silencio será sepultado por la música de algún tema ochentoso, a puro ritmo, “Footlose”, o “living on a prayer” de Bon Jovi.

Y lo mejor de todo, es que no estaré solo. Eso será lo mejor.

Estará mi primer beso, dándome el anteúltimo.
Mi primer caricia, para abrazarme.

Estarán mis enemigos, aquellos que logré identificar y los que se mantuvieron en el anonimato. Y estarán contando chistes mientras beben cerveza.

Estarán mis compañeros, los que me escoltaron mientras cantaba con la guitarra de pendejo, los que jugaban al fútbol con una media en forma de pelota y se trepaban conmigo en el barrio en toda casa antigua que encontrábamos, algunos sobrevivientes de la primaria para decirme que no se olvidaron de mí cuando cambié de colegio, y los del secundario contando cómo no sabía nada de inglés, como era tan correcto ahí dentro y tan loco ahí afuera.

Estarán lo que recordarán el pelo largo hasta la cintura, algún gol de fábula, o una patada descalificadora.

Mis amigos de fútbol estarán jugando un picado a un costado, en un partido homenaje. Mis rivales de padel estarán en otro costado, aliviados ya de no escuchar mis gritos ni mis festejos exagerados. Aprovecharán y me gritarán algo como devolución. Mis compañeros de padel, por el contrario, estarán todos sordos y aliviados por mi ausencia y buscarán algún otro culpable para sus derrotas y victorias.

Mis amigos más íntimos estarán tomando una Coca Light y riéndose de todas mis locuras. De ser necesario, inventarán anécdotas para exaltar mi figura.

Mi amor imposible asistirá a la despedida, tan linda como cuando la conocí, sin haber envejecido ni un solo día. Junto a ella estarán las mujeres que compartieron mi camino, tratando de entender porque siempre elegía la soledad y las alejaba de vida, y ahora, las acercaba en muerte. Hablarán de un poeta melancólico, o de un linyera artístico. Las que quise, las que no me quisieron, las que no pudieron.

Lejos, muy lejos de todo este ruido, estarán presentes, pero bajo tierra, mis secretos, mis dolores y mis anhelos, buscando entre tantas almas donde depositar ese peso.

Habrá espectros: mis padres, mis abuelos, tíos, mi perrita y algún que otro famoso: John Lennon, Borges. Charly García, Chaplin, Phil Collins, Maradona, el del 86, Mozart y Stallone disfrazado de Rocky.

Mi familia estará más cerca, acariciando mi pelo, mis mejillas y sujetando mis manos. Quizá tenga nietos y estén bailando junto a mis ahijados. Y no habría ni una puta lágrima entre tanta risa y música.

Así, entre tanto bullicio, pasarían las horas hasta que asome el sol. Una doctora muy sexy a mi lado, igual a Angelina Jolie, verificando el pulso dictaminará mi muerte en el minuto cinco. Entonces mi hija se acercará al oído, susurrará un “gracias” y se despedirá con un suave beso en la mejilla.

Allí se irán todos, mientras el sol sigue asomando, la música bajando y los fantasmas desapareciendo. Como mi cuerpo, que se transformará en nada y sólo quedará en su lugar, papeles con tinta, con letras sin sentido o pretensiosas, y cuentos... sobre todo cuentos e historias, que hablarán de vidas fatuas, gloriosas, impetuosas y también, porqué no, de una muerte perfecta. 

Fabio B.

Anestesiar mi memoria y mis tristezas


Esta noche, voy a tomar alcohol. Mucho alcohol. Y anestesiar mi memoria, y mis tristezas. Poco me va a importar que mañana tenga que jugar torneo, me importa una mierda. Poco me va a importar la coherencia de mis actos en el después, cuando en el ahora ya apenas importan.

Esta noche, voy a tomar alcohol, mucho alcohol, porque no me gusta tomar y creo merecerlo. Brindaré con mi sombra por los amigos lejanos, y los ficticios. Por mis miedos, atenazados. Por tanto beso regalado, cuando es un bien majestuoso, irrepetible, glorioso. Por tantos engaños disfrazados de verdades, aceptadas, y escondidas.
 

Ahogaré en este vino, el poco aire de creencias que sobreviven. Hundiré la cabeza en tequila y en whisky para bautizarme en olvidos y en incoherencias. Tabula rasa por minutos hasta desmayarme en psicodelia orgásmica.

La soledad me servirá mil vasos y un limón para engañarme con su sonrisa silenciosa e invitarme al sexo tántrico; y a bailar, a bailar toda la noche. Un tema lento, de esos temones de los 80’, envolviéndome en caricias que derriten, y en palabras al oído de amor. Susurros y roces sugerentes, las luces se atenúan, el sol que se asoma (y es de noche), y un chiste que alegra el alma, una mueca cómplice en el momento justo, para aliviar las anclas, para remontar tanta podredumbre.

Me sentaré luego frente al Facebook para compartir algún escrito a puro hachazo sobre el teclado, resurgiré en esta sociedad del siglo XXI envuelto en chats olvidados, amigos que no son amigos, desconocidos que podrán juzgar tu vida, o ignorarte, o mentirte, o regocijarse de tus martirios, o envidiar tus alegrías, u ocultarte, o ignorarte nuevamente.

La botella está vacía, y ahora flota… es raro que flote la botella, ¿o soy yo?
 

Mientras tanto, ella baila, o ella ríe, o ella juega. Los otros se escapan a la diversión nocturna, en un pub, un boliche, o reunidos frente a una chimenea. Una pareja se acurruca y otra enciende una TV para no pensar. Ellos, en cambio, tienen sexo desenfrenado, ni se besan, se destrozan en escapismos de piel y miedos eternos. Y los afortunados, allí, que se observan, se besan, se sienten, se miman, se aman, se quieren.

El delirio sirve otro vaso, esta vez me invita con un licor verde, que quema, y que adormece y en el sueño el niño contesta a la pregunta “¿qué te gustaría ser de grande?” y el grande se ríe, y le dice, “quiero ser niño”. “No quiero ser yo” contesta otro, “ser feliz” atina un desgraciado, y el más realista afirma “quiero flotar como él” mientras le sirven otro vaso de licor para disimular lo patético que suena cuando se lee mientras se escribe asi mismo, o se reinventa en palabras pronto olvidadas y silenciadas en el limbo del tiempo.

Esta noche, voy a tomar alcohol. Mucho alcohol. Es una buena excusa para escribir nuevamente, para no vencer los temores, festejar la cobardía y firmar la rendición.

Fabio B.

Alimentando gusanos




Los gusanos sobrevivían de las hojas de las plantas a simple vista, pero más se nutrían de los amores perdidos y las caricias lejanas. Se enroscaban como víboras en el estómago, lo retorcían, y lo hacían sufrir.
Claro, él los alimentaba casi sin saberlo. Alejándose de cualquier cura, si apenas usaba algunas cremas tratando de cuidar las picaduras urticantes que provocaban las larvas.
Entendió que la vida de esas criaturas estaba ligada a su mente y alma, vaya a saber porqué extraño fenómeno paranormal. Ya ni sabía si sólo estaban ubicadas en el estómago, las sentía recorriendo sus brazos, piernas, pantorrillas, manos y sobre todo su cabeza. Casi a punto de explotar.
Entendía que el cuidado de aquellas lombrices estaba ligado a su miedo al fracaso, al amor, o al dolor. Y desarrolló su vida pendiente de ellas, sustentando su esperanza de vida con perfumes ajenos, besos casi roces, y sueños de perdedor.
Es duro alimentar tales alimañas, porque no es grato alejarse de algunos calores e incluso risas. Pero no siempre somos dueños de nuestros destinos, y así los bichos fueron creciendo y fortaleciendo un encierro casi mortal.
Finalmente no murieron, el hombre cumplió su cometido de mantenerlos con vida más allá de su propia existencia, que terminó alejada de todo, abandonada y perdida en una pobre morgue de Capital Federal.
Tan tonto el hombre, tan estúpido que jamás supo lo que el forense descubrió al abrirlo. Que aquellas orugas eran ya mariposas, atrapadas, que siempre buscaron volar.

Fabio B.

Desearía que lloviese

Desearía que lloviese. Que la ventana se empañe. Que se hicieran venas de agua en el vidrio, serpientes liquidas que me mantuvieran encerrado y me cuidaran de la intemperie. Y de la gente. 

Desearía que lloviese para enconder mi lluvia interna entre tantas gotas. Desearía que lloviese porque sí y porque necesito sentir ese ruido rítmico como compañia. Mientras vos no estás. ¿No te das cuenta que no es lluvia? Que es música. Que es caricia. Y así, me acercaría a la ventana y la empañaría en sudor. Un hálito de ensueños la envolvería. Y haría formas con mis dedos, algunas graciosas, y corazones, y letras, que formarían casualmente tu nombre, desconocido.Y borraría todo con la mano mientras un rayo me refleja en el vidrio, entre mi tanta agua y ante tanto delirio. 


"Apagá la luz y acercate", te diría. Para que sientas el frío en tu palma, y mi calor contigo. Y así, en silencio, te explicaría porque tanto te necesito. Porque me explota el alma de besos contenidos. Porque con tan sólo rozarme, harías que mis lágrimas sonrían, y que hicieran formas graciosas, otra vez, ahora en las muecas de mis ojos achinados, y en mi sonrisa finalmente apaciguada. Con tan sólo rozarme, desfallecer en tus mimos.

Este miedo que paraliza de tenerte, y no tenerte, de buscarte en la quietud, de soñarte y mentirme, fallecer, renacer, partir, partirme, perderte sin encontrarte nunca, jamás.

Desearía que lloviese para que las gotas me cantaran al oído, me negaran el frío, inmenso, bestial, de tu no estar. Desearía que lloviese y contempláramos juntos ese ruido, disueltos en ese río de cascabeles que no se cansan de picar y de espiar.

Sencillamente no entiendo por qué no estás. Si te cuidé. Te abracé. Te adoré y te soñé. Te inventé cuando apenas era un niño, te cambié de formas y de colores a medida que crecía, pero jamás negocié tu alma ni la mía. Si sólo asi se podrán estremecer nuestros sentidos. Tocame el pecho, date cuenta que estalla, date cuenta, date cuenta... que te necesito.

Y cuando tiembles a mi lado por la lluvia, por el viento, por los truenos y tantos ríos, en mis brazos te darás cuenta finalmente que no llueve. Sí. Ya no llueve. Aquí, al lado mío, tengo todo el sol que necesito.

Fabio B

Y miré en tus ojos



Vacío. Una mano abierta, palma arriba, seca, resquebrajada, deseosa de atenazar con sus dedos, una luz. 

Lleno. Como si el pecho no fuera suficiente para tanto suspiro y ardor. 

Si hace un casi un año sostuve tu mano, y miré en tus ojos un aleph de estrellas. 

Y uno se rinde, se pierde ante ese infinito. 

Bajo las defensas. Pero sigue añorando, así, dejado, hastiado, rendido. 

Carpe Diem, pero los minutos pasan. Las horas. Los días. Y nada se aprovecha en la desidia. Te caes y te levantas. Una. Diez. Cien. Quinientas. “No han de ser tus caídas tan violentas, ni tampoco, por ley, han de ser tantas” 

Una caricia tuya en la piel, fortalece, revive latidos imperceptibles, relaja, invita a la utopía de la felicidad plena- “Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único”. 

Mientras tanto, las agujas se mueven lentamente, las arrugas carcomen, el cerebro reclama, y no para, y el alma duele, lastima… 

                … como una mano abierta deseosa de atenazar luz 
                … como un pecho lleno de ardor 
                … como un aleph de estrellas que se apaga 
                                                             Y estremece a Dios. 
Fabio B.

Aquellos amores adolescentes




Más simple, era más simple. Ahora es como que algo se perdió. Perdidos, esa es la palabra exacta. Perdidos en un deliro de sexo, sudor y frenesí, sólo para liberar tensiones. ¿Y la magia? ¿Esa magia? ¿Dónde quedó? 

Ese temblar con la mirada, ese tomarse de las manos, esos besos suaves y no por ello, poco profundos. ¿Dónde quedaron? ¿En qué perversidad de preservativos y orgasmos de momentos? 

Tan poco amamos. Y tanto nos maltratamos. 

Pero consumimos minutos, nos desatamos como perros en celo, hasta eyacular y desvanecer la memoria: el mismísimo sentimiento en pos del goce mortal. 

El rótulo de “novio/a” ahora asusta, es mejor un “touch and go” para luego tener tiempo para ojear el celular, algún grupo al que contarle la aventura, y luego buscar otras conquistas, usar, ser usado, y aún así sentirse ganador, a pesar de haber perdido un poco de alma. 

La excusa es el miedo, el poco compromiso, la libertad. La estupidez nos desborda, y la sociedad nos consume, y nos consumimos, nos olvidamos de la magia, y descubrimos el truco del mago al banalizarlo en varios polvos. 

Ya casi no quedan flores, ni “pelar” la guitarra para cantarle algo romántico y estúpido, una canción de Banana y que te traten de banana. “Cuando piensas en alguien, sin hacerte preguntas. Y murmuras su nombre mil veces, cuando estás en penumbras. Y te quedas despierto, al llegar la mañana. Puedes ver todo el cielo y el mundo, sin abrir las ventanas.” Una cena a la luz de las velas, un te amo a los ojos sin whatsapearlo, un abrazo sincero, contenedor, un apoyar la cabeza y sentir el palpitar del corazón, rítmico, en paz, donde el tiempo se congela y las urgencias se van a la mierda. Y que alguna poesía se escape de tu boca, o algo tan cursi como decirle “qué linda que estás”, para que se te caguen de risa Bécquer; Neruda y Benedetti. “En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.La besé tantas veces bajo el cielo infinito.” 

Pero el juego ahora es otro, es desear, concretar, cambiar, poseer, olvidar, seguir como si fuera una superación increíble distanciarse, anular memorias, piel, roce, besos, miradas. ¿Y las risas? ¿Y ese temblar con la mirada? ¿ese tomarse de las manos? ¿Esos besos suaves? Aquellos amores adolescentes parecen tan distantes, tan perdidos. Perdidos. Otra vez esta palabra. Si apenas podemos encontrarnos nosotros, ¿cómo vamos a encontrar esa magia que anhelamos en otros?, si somos nosotros mismos lo que la destruimos, la boicoteamos. Tanta histeria en encontrar la perfección y no en complotarse para perfeccionarse juntos. Tanto miedo al amor, a disminuirlo en un simple “te quiero” para no comprometernos como atados bajo el símbolo de un anillo. Cuánta lámpara de bajo consumo que ilumina nuestros días, tan poca luna, tan poco sol. Sobre todo ausencia de música, delirio, poesía y delirio otra vez. Prefiero imaginarme al aire libre, bajo las estrellas, con una guitarra y un “hace falta que te diga, que me muero por tener algo contigo”, 
el crepitar de una fogata, 
una paz inmensa, 
un cruce de miradas 
y un beso inmortal. 
Fabio B.

¿Alguna vez te enamoraste?




¿Alguna vez te enamoraste? ¿Te sentiste flotar como un idiota o una papanatas? ¿Flotaste? Esa metáfora digna de ciencia ficción, como si la falta de gravedad fuera suficiente explicación para el amor. Ni que fueras un astronauta tratando de explicar lo intangible, lo ¿inexistente? 
Amor… ¿Qué es el amor más que la sensación inexperta e incorrecta de que esa otra persona es justo el todo que necesitamos? Esa. Ninguna otra. Ninguna más. Fantasía y magia fusionada en piel. Miel que quema. Entrega total. Sueño. Ensueño. Flor y sol. Y colores. ¿Por qué no? Muchos colores. De esos que nunca vamos a ver. Colores de ciegos, en la mente, en el alma, mimos y millones de alegorías. Y las frases trilladas como tatuajes, “te bajo las estrellas”, “all you need is love” (porque en inglés siempre suena mejor, ¿no?), “con vos, hasta el infinito”, y la más valiente de “te amo”, pronunciada como una declaración final y valedera de lo más puro, una sentencia de “ya te encontré”… ¿y luego qué? ¿Reposar? El amor es uno solo. ¿O son muchos? ¿O todos? ¿O sólo el primero? ¿O sólo la última? O lo más fatal: ninguno. 
Te hablo de ese amor de besos pasionales, no de ese amor tan puro como el de un padre a un hijo. Te hablo de ese amor de poetas locos (que paradigmático definir con un adjetivo que es sinónimo de su sustantivo). Amor de lunas. Amor de música melosa. Amor de bailes lentos y miradas penetrantes. De ese amor te hablo. 
¿Te enamoraste alguna vez? Y si crees que te enamoraste… ¿Qué sentiste? ¿Flotar? ¿Otra vez con eso? ¿Acaso se puede explicar con palabras, incluso cuando las encierro entre signos de interrogación? 
¿Necesitamos afirmaciones? 
Necesitamos afirmaciones. 
Necesito afirmaciones. 
Hechos tangibles. 
Ver para creer. 
Desateisarme. (marche un neologismo).
¿Y si nunca nos enamoramos? ¿Si vivimos engañados por cuentos de príncipes y princesas? ¿Con películas románticas y poemas locos? (otra vez esa repetición).
¿Y si nada es tan complicado? (salen más preguntas, inacabables).
¿Y si es tan simple como hacer reír? Como intuir y decir lo que el otro necesita oír. Como escapar de nuestra naturaleza egoísta y ceder a la satisfacción ajena. Acariciar. E incluso en el sexo, no tocarse sino rozar. Y reír. Incluso pelear. Y otra vez reír. Que vivimos tiritando de frío, congelados, en el mayor de los desiertos, en pleno verano, y que con sólo ese abrazo, sentimos finalmente el calor. 
Dale. ¿Alguna vez te enamoraste? ¿Te enamoraste de una sonrisa? ¿De un cuerpo? ¿De una idea? ¿De unas palabras? ¿De unos ojos? 
Dale. Contame. Explicame. Quiero saber. Porque si vos flotaste… si realmente flotaste, yo quiero volar. 
Fabio B

Lo inesperado





Vivimos pendientes de las expectativas. Las nuestras sobre nuestra propia vida, y las ajenas. Sobre lo que deberíamos alcanzar, tener, o ser. Sobre los sueños tangibles en hechos, en pruebas hacia otros o nosotros mismos. 
Ya desde pequeños: “Cuando sea grande, voy a ser”… médico, abogado, policía, presidente de la nación, o un poco más grandes “la voy a romper como 9 de la Academia y la voy a juntar en pala luego en Europa”. Después vamos creciendo y achicamos las expectativas a “me quiero enamorar”, “quiero ser papá”, “me quiero casar”, hasta minimizarlas a la expresión “sólo quiero ser feliz”. Y ahí nos apoyamos en las lecciones de la sociedad, en las propagandas, en las películas, en donde la felicidad es la familia perfecta, rubios, ojos claros, una casa, pileta, parrilla, un perro, trabajos perfectos, dientes impecables. O donde los príncipes existen, y por ende, las princesas. Donde los ogros son vencidos por las espadas de los valientes, cercenando cabezas de dragones, liberando a las doncellas indefensas. 
Toda realidad palidece ante nuestras brillantes fantasías, y el gris sólo parece volverse más gris. 
Tengamos o no un plan estructurado, siempre hay una quimera ahí latiendo en nuestra cabeza, comparándose a cada minuto con el contexto real. Siempre a la espera de algo, y sólo satisfechos por ese “algo” anhelado y soñado. El trabajo perfecto, la vida perfecta, el cuerpo perfecto, el amor perfecto… “perfecto”… ideal, impecable, insuperable… incomparable. 
Pues entonces si nada se acerca a ello, todo se torna indefectiblemente en gris. 
Tan pendientes de lo extraordinario, que ignoramos lo inesperado, aquello que nos mueve las estructuras, nos saca de nuestra zona de confort y nos lleva a plantearnos realidades distintas. 
Lo inesperado: como una sonrisa que nos confunde, como un mensaje que no esperamos, un piropo o una confesión que nos da vuelta la cabeza. 
Un mimo, una caricia, un beso robado, un abrazo. 
Es que a veces cuando no buscás, encontrás, y te confundís. O te confunden. Porque las necesidades ficticias de un auto cero kilómetro no son nada ante la preocupación real de un amigo por tu bienestar. O poder abrazar a tu mamá. O poder decir “te quiero”, o un decidido “te amo”. 
Así, tan desabrigados estamos que bajo la nieve nos pega el sol, y nos impacta. O en pleno día, nos sorprende la luna. Tan pendientes de lo ideal estamos, que dejamos pasar lo real: el beso en la mejilla, el guiño de ojo, la sonrisa, la palmada en la espalda, las risas, la música, la lluvia, el tacto.
¿Está mal soñar? 
¿Querer más es acaso no conformarse? 
¿O somos tan ciegos que no vemos en plena luz? 
No sé qué quiero decir, ni a veces yo (o nunca) me entiendo. Quizás simplemente determinar que “la felicidad”, así, entre comillas, no se encuentra entre lo que planeamos, entre lo perfecto, lo incomparable. Y que no está mal dejarse sorprender de vez en cuando. 
Desentenderse de lo planeado. 
Y abrazar lo inesperado.
Fabio B.

Romper la rutina

La rutina es el hábito de renunciar a pensar. (José Ingenieros)





El despertador suena a la misma hora. Te cepillas los dientes, te bañas, el mismo perfume hasta que se acabe y la calle te recibe, con sol, con lluvia, no importa, esperás el colectivo en la misma esquina mientras mirando el reloj volvés a repetirte que mañana vas a salir antes para no llegar tan justo al trabajo. El password sale de memoria, la compu, los emails, la sonrisa de algún compañero, el malhumor de otro, a la aventura con el humor de tu jefe, un día largo, un día corto, no importa, si es lunes tendrás a las 22 ese programa infaltable, o el martes el psicólogo, miércoles y jueves quizás gimnasio, o un pilates. Tal vez un alter office para hacerse mirar y mirar, robar algún beso, o sentirse vivo, en la misma rutina, extasiado de laberintos angustiosos y repetitivos, el sábado ese asado de siempre y el domingo una maratón de esa serie que no puedés terminar de ver. Quizás el lunes te toque dormir en lo de tu novia, o visitar a tus viejos, el domingo como siempre al super con tu esposa o esposo, a buscar las ofertas o a la cancha de local a gritar “dale que este es el año” y de paso putear a los visitantes que son unos muertos que nunca ganaron nada.
Un año, dos años, horas, segundos, así miles de vidas redundan momentos, clonan sentimientos y aplastan la espontaneidad. Qué se yo, ¿no sentís a veces que todo es lo mismo? ¿Y si experimentás la locura? ¿La estupidez de la no repetición? Envenenados de preconceptos que la sociedad nos impone como verdaderos, el cuidado extremo del trabajo aunque a veces tengas ganas de mandar todo a la mierda, y ser precavido, por ende, la vacuna antigripal. 
Dejate de joder.
Llueve. Mojate. Parate un rato y mirá como chocan los paraguas, como se matan para llegar a ese colectivo para no esperar el que viene 5 minutos después, como la visión en la madrugada es mínima y esos nabos que manejan van mirando de reojo el celular para no perderse el email de último minuto o contestar con imperiosa urgencia ese sonido que te robotiza y te obliga a revisar el what app. Llegá tarde al trabajo. O no vayas. Desobedecé un instinto. Visitá a un amigo por sorpresa, hablale y miralo a los ojos. Perdoná. Tomá de la mano a esa chica que te gusta y dale un beso, de esos que parten estructuras. Arriesgate. Tirate un pedo en medio de la oficina y mientras todas te miran señalá a tu jefe y decí bien alto: “fue él”.
Tomá otro camino y mirá a la gente, a esa pareja que se besa, a esos ancianos que se prestan el paraguas diminuto y se mojan los dos, o ese perro horrible, húmedo y pulguiento que te mira y parece sonreír sapiente vaya uno a saber de qué mierda. Prestá atención al cielo si para de llover, tratá de pensar qué negocio había hace unos años donde ahora está esa zapatería, o ese bar. O no mires la TV por un día, no hagas nada igual a lo que hiciste ayer, hoy, mañana, siempre. Disfrutá tu soledad, o tu compañía.
Llega a tu casa y rompé la puta rutina. Mirá las esquinas, el orden de tus libros, tirate en medio del living y observá el techo, buscá formas, recostate en un sillón, compone algo con la guitarra que está ahí olvidada, tomá una foto vieja y reviví un viejo amor, recordá alguna anécdota, aprendete el significado de una palabra que no conocés, mirá por la ventana, llorá un rato si podés, date fuerzas, sonreí.
Viví. Hacelo sólo hoy, mañana serás otra vez el Frankestein repetitivo.
Por mi parte, me puse a escribir, quizás lea alguna carta que me emocione, reviva un beso inmortal, una mirada temblorosa, quizás hasta dibuje un sueño y esquive la cama, lea un capitulo de mi primer libro, cante una estrofa de mi primer canción y sonría.
Luego voy a cerrar los ojos mientras mantengo la sonrisa y algún recuerdo, y quizás así, de esa manera, sólo quizás, logre que esos minutos valgan la pena, y no sea un tiempo muerto más. 
Fabio B