“La verdadera soledad no es estar solo en una habitación,
sino sentirse solo en una multitud».
(Antoine de Saint-Exupéry)
La soledad a veces se elige. A veces se adquiere. Por circunstancias que no siempre podemos manejar. Por una suma de decisiones y/o acciones correctas o incorrectas. No importa, si total son huellas del pasado, y ya nada de ello puede remendarse, sólo aceptarse y continuar.
Pero también se extraña…
…Los ruidos, entre tanto silencio que ahoga. Entre tanto tiempo que transcurre sin corcheas ni bemoles.
…Los abrazos, ausentes e incorpóreos, fantasmales, que yacen en el recuerdo de quienes ya no están más.
…Una caricia sin querer, un roce infantil y erótico a la vez.
…Y esas muecas tan raras e indescifrables que llamaban sonrisas, en épocas de juventud e ilusiones.
Pero mejor no pensar. Golpearse la cabeza y no pensar, no pensar. Para evitar racionalizar todo, (maldita mente que no se calla). Pensar que siempre estuvimos solos. Que los lazos familiares o las amistades son etéreas. Que absolutamente todo depende de los caminos elegidos, o los que hagamos si no existen. ¡Cuánto miedo! Todo depende de nosotros.
Y entonces uno se petrifica, y no avanza. Por miedo. Al error, a volverse a equivocar. Otra vez. Una vez más. Y así en un bucle eterno.
Entonces, la inacción, estarse quieto, no respirar, cerrar los ojos, acurrucarse en un rincón oscuro, sin que nadie ni nada lo detecte. Pero acompañados. Con algo, que atenaza y castiga y protege y marea y confunde. Algo así como la soledad. Un coliseo donde no seremos juzgados pero tampoco admirados, ni queridos, ni odiados. La nada misma.
Como una muerte lenta que va escribiendo un epitafio gótico en un idioma que ya no existe, o que nunca existió. Quizás incluso no tenga ningún tipo de significado, y sean sólo vocales y consonantes sin sentido, o dibujos al azar. Igual a una lápida en blanco que no será leída por nadie porque simplemente, no hay nadie interesado en lo que pueda señalar.
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