En la ruta se veía su cuerpo destrozado, partido a la mitad. Sus patas fracturadas, los ojos salidos, la sangre nauseabunda. La imaginación viaja y juega con la idea morbosa de pensar si habrá sido sólo un golpe mortal que acabó con su vida, o varios que profanaban su sobrevivir mientras se iba arrastrando despacio hacia un costado de la carretera, para finalmente dejar de respirar.
El velocímetro a 130 apenas deja una mancha roja en el espejo retrovisor. Nadie se detiene en la carrera loca por llegar... ¿Llegar a dónde? Sólo un perro tirado, muerto, destrozado. Sólo un animal.
Horas después, en pleno microcentro, sobre al asfalto caliente, una mujer sostiene a un bebé mugriento en sus brazos, también sucios. Una taza invita a depositar algunas monedas mientras la madre clama por ayuda y comida. Los transeúntes pisan el acelerador también a 130 y ensayan sus mejores miradas esquivas. Imposible enfocar los ojos ajenos. Sería como permitirse entender que aquello es real y que incluso se podría hacer algo para evitarlo. Nada más lejos de la realidad. Culpa del gobierno, del rico, de la policía que los deja a la vista en vez de esconderlos bajo la alfombra. Culpa del otro. Si sólo pudiera arrastrarse a un costado del camino... Acelerar rápido y que se transforme también en un manchón lejano. Olvido rápido y continuar en la carrera loca. Es la meta.
Se escuchan disparos, minutos después, días u horas, no importa. El disparo impacta en pleno pecho del hombre que cae fulminado al piso. La sangre. Acero carmesí en plena avenida. Los policías detienen el tráfico. Los curiosos se amontonan. Hay miedo, hay morbo, hay reacción. No pasa desapercibido el cadáver humano. A pocos les importa si ese tipo era un buen ser humano, o la peor escoria. ¿Qué importa si podía ser yo? Así la muerte levanta la mano y se hace presente sin aviso, casi risueña se muestra dichosa e intimidante. Feroz. Se reclama justicia, ojo por ojo. Gritan violencia. El cuerpo yerto es retirado y los curiosos prosiguen su carrera sin final.
En la esquina, ajeno a tanto drama, un perro callejero espía la escena. Su carita arrugada y su caída de ojos desprende lástima. Los manifestantes de justicia se detienen para acariciarlo, algunos incluso le dan algo de comer. Una nenita le sonríe y le dice “qué lindo que es, pobrecito”. La mamá asiente. Pobrecito. Pobrecito.
Así las cosas. Un perro muerto es ignorado. Un baleado genera conmoción y placas en televisión. Un animal abandonado, misericordia. Y un necesitado, un ser humando, desdén, repulsa.
Así las cosas. Seguimos a 130. Dejamos manchas en el espejo retrovisor. Manos que claman asistencia. Seguimos pendientes de nuestras propias miserias, del reality en televisión, del partido impostergable, del amor que espera o del sexo aliviador. Los mismos ojos que esquivan a una madre necesitada, o a un lisiado vago, atorrante, que no quiere trabajar y se hace el vivo, un flor de pelotudo que se hace el piola viajando vagón tras vagón para afanarnos nuestro tiempo y nuestras monedas, que labure, vago de mierda... los mismos ojos que esquivan o la misma boca o mente que insulta, mirará a los ojos de los hijos para dar consejos de humanidad, o abrazará a una novia, un esposo, una amiga para dar consuelo. Los mismos ojos, el mismo espejo, la misma velocidad, la misma carrera.
Pobrecitos... Nosotros pobrecitos.
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