La rutina es el hábito de renunciar a pensar. (José Ingenieros)
El despertador suena a la misma hora. Te cepillas los dientes, te bañas, el mismo perfume hasta que se acabe y la calle te recibe, con sol, con lluvia, no importa, esperás el colectivo en la misma esquina mientras mirando el reloj volvés a repetirte que mañana vas a salir antes para no llegar tan justo al trabajo. El password sale de memoria, la compu, los emails, la sonrisa de algún compañero, el malhumor de otro, a la aventura con el humor de tu jefe, un día largo, un día corto, no importa, si es lunes tendrás a las 22 ese programa infaltable, o el martes el psicólogo, miércoles y jueves quizás gimnasio, o un pilates. Tal vez un alter office para hacerse mirar y mirar, robar algún beso, o sentirse vivo, en la misma rutina, extasiado de laberintos angustiosos y repetitivos, el sábado ese asado de siempre y el domingo una maratón de esa serie que no puedés terminar de ver. Quizás el lunes te toque dormir en lo de tu novia, o visitar a tus viejos, el domingo como siempre al super con tu esposa o esposo, a buscar las ofertas o a la cancha de local a gritar “dale que este es el año” y de paso putear a los visitantes que son unos muertos que nunca ganaron nada.
Un año, dos años, horas, segundos, así miles de vidas redundan momentos, clonan sentimientos y aplastan la espontaneidad. Qué se yo, ¿no sentís a veces que todo es lo mismo? ¿Y si experimentás la locura? ¿La estupidez de la no repetición? Envenenados de preconceptos que la sociedad nos impone como verdaderos, el cuidado extremo del trabajo aunque a veces tengas ganas de mandar todo a la mierda, y ser precavido, por ende, la vacuna antigripal.
Dejate de joder.
Llueve. Mojate. Parate un rato y mirá como chocan los paraguas, como se matan para llegar a ese colectivo para no esperar el que viene 5 minutos después, como la visión en la madrugada es mínima y esos nabos que manejan van mirando de reojo el celular para no perderse el email de último minuto o contestar con imperiosa urgencia ese sonido que te robotiza y te obliga a revisar el what app. Llegá tarde al trabajo. O no vayas. Desobedecé un instinto. Visitá a un amigo por sorpresa, hablale y miralo a los ojos. Perdoná. Tomá de la mano a esa chica que te gusta y dale un beso, de esos que parten estructuras. Arriesgate. Tirate un pedo en medio de la oficina y mientras todas te miran señalá a tu jefe y decí bien alto: “fue él”.
Tomá otro camino y mirá a la gente, a esa pareja que se besa, a esos ancianos que se prestan el paraguas diminuto y se mojan los dos, o ese perro horrible, húmedo y pulguiento que te mira y parece sonreír sapiente vaya uno a saber de qué mierda. Prestá atención al cielo si para de llover, tratá de pensar qué negocio había hace unos años donde ahora está esa zapatería, o ese bar. O no mires la TV por un día, no hagas nada igual a lo que hiciste ayer, hoy, mañana, siempre. Disfrutá tu soledad, o tu compañía.
Llega a tu casa y rompé la puta rutina. Mirá las esquinas, el orden de tus libros, tirate en medio del living y observá el techo, buscá formas, recostate en un sillón, compone algo con la guitarra que está ahí olvidada, tomá una foto vieja y reviví un viejo amor, recordá alguna anécdota, aprendete el significado de una palabra que no conocés, mirá por la ventana, llorá un rato si podés, date fuerzas, sonreí.
Viví. Hacelo sólo hoy, mañana serás otra vez el Frankestein repetitivo.
Por mi parte, me puse a escribir, quizás lea alguna carta que me emocione, reviva un beso inmortal, una mirada temblorosa, quizás hasta dibuje un sueño y esquive la cama, lea un capitulo de mi primer libro, cante una estrofa de mi primer canción y sonría.
Luego voy a cerrar los ojos mientras mantengo la sonrisa y algún recuerdo, y quizás así, de esa manera, sólo quizás, logre que esos minutos valgan la pena, y no sea un tiempo muerto más.
Fabio B

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