martes, 18 de octubre de 2016

La muerte perfecta



El día que me muera no seré muy viejo, ni tampoco tan joven.
No habrá sol, porque será de noche. No habrá lluvia aunque estará algo húmedo. No importará la hora, pero será en el minuto cinco.
No será por rendición, sino con satisfacción. Con una sonrisa y un guiño al cielo. Con la espalda libre de peso, con la pierna libre de dolor.
Será otra rebeldía médica, será un escapismo al infierno. 

No estaré bajo techo, sino a la luz de la luna. Sobre el césped de alguna cancha de fútbol, con la camiseta de Racing puesta, una historieta de Batman a un costado, “la broma asesina.”, y algún libro de Isaac Asimov.
El silencio será sepultado por la música de algún tema ochentoso, a puro ritmo, “Footlose”, o “living on a prayer” de Bon Jovi.

Y lo mejor de todo, es que no estaré solo. Eso será lo mejor.

Estará mi primer beso, dándome el anteúltimo.
Mi primer caricia, para abrazarme.

Estarán mis enemigos, aquellos que logré identificar y los que se mantuvieron en el anonimato. Y estarán contando chistes mientras beben cerveza.

Estarán mis compañeros, los que me escoltaron mientras cantaba con la guitarra de pendejo, los que jugaban al fútbol con una media en forma de pelota y se trepaban conmigo en el barrio en toda casa antigua que encontrábamos, algunos sobrevivientes de la primaria para decirme que no se olvidaron de mí cuando cambié de colegio, y los del secundario contando cómo no sabía nada de inglés, como era tan correcto ahí dentro y tan loco ahí afuera.

Estarán lo que recordarán el pelo largo hasta la cintura, algún gol de fábula, o una patada descalificadora.

Mis amigos de fútbol estarán jugando un picado a un costado, en un partido homenaje. Mis rivales de padel estarán en otro costado, aliviados ya de no escuchar mis gritos ni mis festejos exagerados. Aprovecharán y me gritarán algo como devolución. Mis compañeros de padel, por el contrario, estarán todos sordos y aliviados por mi ausencia y buscarán algún otro culpable para sus derrotas y victorias.

Mis amigos más íntimos estarán tomando una Coca Light y riéndose de todas mis locuras. De ser necesario, inventarán anécdotas para exaltar mi figura.

Mi amor imposible asistirá a la despedida, tan linda como cuando la conocí, sin haber envejecido ni un solo día. Junto a ella estarán las mujeres que compartieron mi camino, tratando de entender porque siempre elegía la soledad y las alejaba de vida, y ahora, las acercaba en muerte. Hablarán de un poeta melancólico, o de un linyera artístico. Las que quise, las que no me quisieron, las que no pudieron.

Lejos, muy lejos de todo este ruido, estarán presentes, pero bajo tierra, mis secretos, mis dolores y mis anhelos, buscando entre tantas almas donde depositar ese peso.

Habrá espectros: mis padres, mis abuelos, tíos, mi perrita y algún que otro famoso: John Lennon, Borges. Charly García, Chaplin, Phil Collins, Maradona, el del 86, Mozart y Stallone disfrazado de Rocky.

Mi familia estará más cerca, acariciando mi pelo, mis mejillas y sujetando mis manos. Quizá tenga nietos y estén bailando junto a mis ahijados. Y no habría ni una puta lágrima entre tanta risa y música.

Así, entre tanto bullicio, pasarían las horas hasta que asome el sol. Una doctora muy sexy a mi lado, igual a Angelina Jolie, verificando el pulso dictaminará mi muerte en el minuto cinco. Entonces mi hija se acercará al oído, susurrará un “gracias” y se despedirá con un suave beso en la mejilla.

Allí se irán todos, mientras el sol sigue asomando, la música bajando y los fantasmas desapareciendo. Como mi cuerpo, que se transformará en nada y sólo quedará en su lugar, papeles con tinta, con letras sin sentido o pretensiosas, y cuentos... sobre todo cuentos e historias, que hablarán de vidas fatuas, gloriosas, impetuosas y también, porqué no, de una muerte perfecta. 

Fabio B.

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