martes, 18 de octubre de 2016

Lo inesperado





Vivimos pendientes de las expectativas. Las nuestras sobre nuestra propia vida, y las ajenas. Sobre lo que deberíamos alcanzar, tener, o ser. Sobre los sueños tangibles en hechos, en pruebas hacia otros o nosotros mismos. 
Ya desde pequeños: “Cuando sea grande, voy a ser”… médico, abogado, policía, presidente de la nación, o un poco más grandes “la voy a romper como 9 de la Academia y la voy a juntar en pala luego en Europa”. Después vamos creciendo y achicamos las expectativas a “me quiero enamorar”, “quiero ser papá”, “me quiero casar”, hasta minimizarlas a la expresión “sólo quiero ser feliz”. Y ahí nos apoyamos en las lecciones de la sociedad, en las propagandas, en las películas, en donde la felicidad es la familia perfecta, rubios, ojos claros, una casa, pileta, parrilla, un perro, trabajos perfectos, dientes impecables. O donde los príncipes existen, y por ende, las princesas. Donde los ogros son vencidos por las espadas de los valientes, cercenando cabezas de dragones, liberando a las doncellas indefensas. 
Toda realidad palidece ante nuestras brillantes fantasías, y el gris sólo parece volverse más gris. 
Tengamos o no un plan estructurado, siempre hay una quimera ahí latiendo en nuestra cabeza, comparándose a cada minuto con el contexto real. Siempre a la espera de algo, y sólo satisfechos por ese “algo” anhelado y soñado. El trabajo perfecto, la vida perfecta, el cuerpo perfecto, el amor perfecto… “perfecto”… ideal, impecable, insuperable… incomparable. 
Pues entonces si nada se acerca a ello, todo se torna indefectiblemente en gris. 
Tan pendientes de lo extraordinario, que ignoramos lo inesperado, aquello que nos mueve las estructuras, nos saca de nuestra zona de confort y nos lleva a plantearnos realidades distintas. 
Lo inesperado: como una sonrisa que nos confunde, como un mensaje que no esperamos, un piropo o una confesión que nos da vuelta la cabeza. 
Un mimo, una caricia, un beso robado, un abrazo. 
Es que a veces cuando no buscás, encontrás, y te confundís. O te confunden. Porque las necesidades ficticias de un auto cero kilómetro no son nada ante la preocupación real de un amigo por tu bienestar. O poder abrazar a tu mamá. O poder decir “te quiero”, o un decidido “te amo”. 
Así, tan desabrigados estamos que bajo la nieve nos pega el sol, y nos impacta. O en pleno día, nos sorprende la luna. Tan pendientes de lo ideal estamos, que dejamos pasar lo real: el beso en la mejilla, el guiño de ojo, la sonrisa, la palmada en la espalda, las risas, la música, la lluvia, el tacto.
¿Está mal soñar? 
¿Querer más es acaso no conformarse? 
¿O somos tan ciegos que no vemos en plena luz? 
No sé qué quiero decir, ni a veces yo (o nunca) me entiendo. Quizás simplemente determinar que “la felicidad”, así, entre comillas, no se encuentra entre lo que planeamos, entre lo perfecto, lo incomparable. Y que no está mal dejarse sorprender de vez en cuando. 
Desentenderse de lo planeado. 
Y abrazar lo inesperado.
Fabio B.

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