Esta noche, voy a tomar alcohol, mucho alcohol, porque no me gusta tomar y creo merecerlo. Brindaré con mi sombra por los amigos lejanos, y los ficticios. Por mis miedos, atenazados. Por tanto beso regalado, cuando es un bien majestuoso, irrepetible, glorioso. Por tantos engaños disfrazados de verdades, aceptadas, y escondidas.
Ahogaré en este vino, el poco aire de creencias que sobreviven. Hundiré la cabeza en tequila y en whisky para bautizarme en olvidos y en incoherencias. Tabula rasa por minutos hasta desmayarme en psicodelia orgásmica.
La soledad me servirá mil vasos y un limón para engañarme con su sonrisa silenciosa e invitarme al sexo tántrico; y a bailar, a bailar toda la noche. Un tema lento, de esos temones de los 80’, envolviéndome en caricias que derriten, y en palabras al oído de amor. Susurros y roces sugerentes, las luces se atenúan, el sol que se asoma (y es de noche), y un chiste que alegra el alma, una mueca cómplice en el momento justo, para aliviar las anclas, para remontar tanta podredumbre.
Me sentaré luego frente al Facebook para compartir algún escrito a puro hachazo sobre el teclado, resurgiré en esta sociedad del siglo XXI envuelto en chats olvidados, amigos que no son amigos, desconocidos que podrán juzgar tu vida, o ignorarte, o mentirte, o regocijarse de tus martirios, o envidiar tus alegrías, u ocultarte, o ignorarte nuevamente.
La botella está vacía, y ahora flota… es raro que flote la botella, ¿o soy yo?
Mientras tanto, ella baila, o ella ríe, o ella juega. Los otros se escapan a la diversión nocturna, en un pub, un boliche, o reunidos frente a una chimenea. Una pareja se acurruca y otra enciende una TV para no pensar. Ellos, en cambio, tienen sexo desenfrenado, ni se besan, se destrozan en escapismos de piel y miedos eternos. Y los afortunados, allí, que se observan, se besan, se sienten, se miman, se aman, se quieren.
El delirio sirve otro vaso, esta vez me invita con un licor verde, que quema, y que adormece y en el sueño el niño contesta a la pregunta “¿qué te gustaría ser de grande?” y el grande se ríe, y le dice, “quiero ser niño”. “No quiero ser yo” contesta otro, “ser feliz” atina un desgraciado, y el más realista afirma “quiero flotar como él” mientras le sirven otro vaso de licor para disimular lo patético que suena cuando se lee mientras se escribe asi mismo, o se reinventa en palabras pronto olvidadas y silenciadas en el limbo del tiempo.
Esta noche, voy a tomar alcohol. Mucho alcohol. Es una buena excusa para escribir nuevamente, para no vencer los temores, festejar la cobardía y firmar la rendición.
Fabio B.

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