Los gusanos sobrevivían de las hojas de las plantas a simple vista, pero más se nutrían de los amores perdidos y las caricias lejanas. Se enroscaban como víboras en el estómago, lo retorcían, y lo hacían sufrir.
Claro, él los alimentaba casi sin saberlo. Alejándose de cualquier cura, si apenas usaba algunas cremas tratando de cuidar las picaduras urticantes que provocaban las larvas.
Entendió que la vida de esas criaturas estaba ligada a su mente y alma, vaya a saber porqué extraño fenómeno paranormal. Ya ni sabía si sólo estaban ubicadas en el estómago, las sentía recorriendo sus brazos, piernas, pantorrillas, manos y sobre todo su cabeza. Casi a punto de explotar.
Entendía que el cuidado de aquellas lombrices estaba ligado a su miedo al fracaso, al amor, o al dolor. Y desarrolló su vida pendiente de ellas, sustentando su esperanza de vida con perfumes ajenos, besos casi roces, y sueños de perdedor.
Es duro alimentar tales alimañas, porque no es grato alejarse de algunos calores e incluso risas. Pero no siempre somos dueños de nuestros destinos, y así los bichos fueron creciendo y fortaleciendo un encierro casi mortal.
Finalmente no murieron, el hombre cumplió su cometido de mantenerlos con vida más allá de su propia existencia, que terminó alejada de todo, abandonada y perdida en una pobre morgue de Capital Federal.
Tan tonto el hombre, tan estúpido que jamás supo lo que el forense descubrió al abrirlo. Que aquellas orugas eran ya mariposas, atrapadas, que siempre buscaron volar.
Fabio B.

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